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martes, 7 de marzo de 2017

NI UNA MENOS El reloj que me había prometido

Era el 23 de abril del 2000.
Eran las tres de la mañana.
Era mi cumpleaños.

Estaba en mi habitación recostada en mi cama. Sabía que en cualquier momento él entraría y me regalaría el reloj que me había prometido para mi cumpleaños. Me besaría y tendríamos sexo. Sexo que yo rechazaba. Sexo obligado. Sexo que no sentía, que me asqueaba. No podía decir que no. Me violaba casi todas las noches.

Mi relación con él había comenzado hacía un año atrás. No sé como comenzó solo que se basaría en el sexo. El hecho de sentir que me tocaba me producía rechazo, diría más bien asco.
Cuando se iba a trabajar frotaba mi cuerpo varias veces con la esponja bajo la ducha para sacarme el sabor de su piel. Luego me secaba, me cambiaba y perfumaba. Sentía revivir.
Preparaba el desayuno para los chicos. Eran sus hijos. Pablo de 4 años y Leandro de 6 años.
Yo los cuidaba y los contenía. Solo me tenían a mí. Amorosos retoños que crecían en una familia sin amor y sin futuro.

Aprovechaba cuando llevaba a los chicos a la escuela para hacer las compras. Él no quería que saliera de la casa. Solía llamar por teléfono para asegurarse que estuviera dentro.

La casa era grande, impregnada de olor a humedad y cigarrillo. Él no quería que abriera las ventanas. Prácticamente no conocía el sol. Solamente algunas débiles lamparitas iluminaban tristemente el interior.
Me acostumbré con los chicos a mirar los dibujitos en la televisión. No tenía relación con el exterior.

Esperaba que las horas no pasaran. Que se detuviera el tiempo. Que él no llegara de trabajar o esperaba que llegara borracho para que durmiera toda la noche.
Mi corazón latía violentamente cada vez que me acercaba a las ocho de la noche pues era tiempo de descuento. Llegaría, me daría un beso en la boca, yo le serviría la comida, me volvería a dar unos besos a escondida de los chicos, me diría que yo era su mujer, que me amaba y a las 22 o 23 horas se acostaría a mi lado.
¿Cómo decirle que no?
Se pondría violento. Rompería cosas, me insultaría y amenazaría con matarme.
De igual forma. ¿A dónde podría escapar? ¿Quién me ayudaría?
Tenía mucho miedo.
No sabía que hacer ni a quien recurrir y me encontraba dentro de un círculo vicioso.

Era el 23 de abril del 2000.
Eran las tres de la mañana.
Era mi cumpleaños.

Mi madre dormía en la habitación de arriba seguramente abrazada a una botella de whisky.
Mis dos hermanastros en la habitación de al lado.

La puerta de la habitación se abrió lentamente y entró mi padrastro sonriendo. Completamente desnudo se acercó a mi cama con una cajita en la mano. Seguramente era el reloj que me había prometido.

Era el 23 de abril del 2000.
Eran las tres de la mañana.
Ese día cumplí 13 años...

© Miguel Angel Morata


sábado, 4 de marzo de 2017

No creas todo lo que escuches. No creas todo lo que leas. ¿Por qué sigo escribiendo? (Esto nunca va a ser poesía)

No creas todo lo que escuches. No creas todo lo que lees.

Lo que leas quizás sea mentira, lo que escuches siempre tiene el signo ideológico de Voloshinov.

¿Por qué sigo y sigo escribiendo?  Nunca lo sabré. Hace poco compartí una velada con Poesía y ella me preguntó si me gustaba escribir.

"Si, escribo cualquier cosa..."

Puedo inventar una historia sobre la mujer que cruza la calle o el perro que está durmiendo en la vereda.
Escribo en mi mente, lo decodifico en mi cerebro.
Tengo muchísimas historias, frases, conceptos, relaciones de ideas en cajones que adornan mi cerebro.  (En uno de los cajones esta la voz de Ella.)  Algunas salen sin permiso, otras están desde hace años archivadas, pero hace muchos años, demasiados ¡tantos! que debo aggionarlas.

Algunas las regalo, otras las expreso, pocas descarto.

Mi cerebro hace lo que quiere con esas historias ¡lo que quiere!
¿Aprobaste latín? Me preguntaron hace poco.
"Obvio" respondí.
Está todo archivado en mi cerebro.
¿Sirve para algo ese archivo?
Ni idea y ni me interesa saberlo.
Realmente no me interesa. Escribo en el blog porque me resulta más práctico que escribir en un cuaderno con una birome que siempre se me queda sin tinta y desesperado busco otra que vuelve a quedarse sin tinta...
En mi casa tengo muchísimas biromes, demasiadas, todas sin tinta...
Reconozco que soy vago para escribir, debe ser que si me tiras 8 palabras que vos elijas puedo escribir una poesía en diez minutos.
Repito la pregunta: ¿Me sirve para algo?
" No, para tres carajos"
Quizás para aprobar a Soria.
Una sola cosa sé para darle utilidad:
"Parar el tiempo, abrir algún cajón en mi cerebro y volver a abrazarla..."
(Como cuando llovía en esa tarde que moría...)

Y VOS que lees esto ¿Vas a llegar hasta el final?
¿Para qué?

Shhhh...

Estoy aburrido...son las 3:36 AM...
Y su recuerdo se desvanece entre los acordes de esta maldita música que estoy escuchando.

Me di cuenta de algo conociendo a gente que escribe, todos buscan cierto reconocimiento.
Y ciertamente a mi me importa tres carajos el reconociento, leer a Poncela, o escribir ")bien".
Pero misteriosamente alguien termina llegando al final.
Y en algún comentario te maltratan. El ego malgastado de los mortales que escriben y necesitan sentirse importantes y jugar a ser un escritor traumado que crea una historia desde su experiencia tortuosa.
¡MENTIRA!
Yo puedo escribir lo que sea sin haberlo vivido... quizás todo esto que escribí es mentira o el 70 %. Tal vez en mi casa las biromes tienen tinta para seguir escribiendo mi historia.

Y sí leí a Poncela.
Y Ella nunca existió.

(Sigue tu foto de fondo de pantalla en mi celu mirándome...esperando que me llames...aunque quizás no lo hagas porque esto que estoy escribiendo es mentira y lo hago para que alguién lo crea solo porque estoy aburrido.)

(Como ese abrazo en esa tarde que moría.)

© Miguel Angel Morata